Entrevistas

·> Entrevista de Pedro Flores (La Gaceta de Canarias-El Mundo)
·> Entrevista de David Sanz (Diario de Avisos)
   

 

Pedro Flores (La Gaceta de Canarias-El Mundo, 21 de diciembre de 2003, p. 29).

Ha escrito narrativa y poesía. ¿Dónde se siente más a gusto? ¿Qué mutuos trasvases hay, a su juicio, entre ambas en su obra?

— Por más que intentes avanzar en uno y en otro sentido con tiento y pies de plomo, no puedes evitar que de vez en cuando se deslice, para aquí o para allá, la suela del zapato, hasta invadir ambos espacios casi simultáneamente. Las fronteras que separan los géneros a veces son tan borrosas, tan frágiles… De todas formas, en mi caso parece inevitable una inclinación instintiva hacia todo lo que concierne al arte de la narración. Cuando empiezo con un poema, de forma natural aflora, como eco amortiguado por el pulso, algo parecido al aliento narrativo. Pero esto no tiene nada que ver con el hecho de que gran parte de mis poemas estén escritos en prosa (son poemas en prosa porque devienen de la búsqueda de otras texturas y otros ritmos más soterrados que los de la sonoridad del verso).

— Con su hijo, Anelio Rodríguez Candelaria, escribió un delicioso libro de pequeños textos, Relación de seres imprescindibles, que él ilustró.

— Más bien el proceso fue el contrario. Él primero hacía los dibujos y luego yo les iba adjuntando textos afines que siguieran su trazo desenvuelto de niño que no se explica cómo es posible que el mundo sea tan horrible y al mismo tiempo tan hermoso. Gracias a su mirada penetrante pude iniciar un arduo y gozoso proceso de inmadurez que aún continúa. Esta experiencia ha ayudado a perderle el miedo a los ensayos de hibridación (que para un escritor pueden llegar a ser algo así como las fases de descompresión de los buzos en su tránsito de un nivel a otro). ¿Por qué no concebir proyectos literarios ajenos a la inercia de la separación genérica autorizada por los manuales de Historia de la Literatura? ¿Por qué no propiciar, por ejemplo, juegos de contrapesos entre las palabras y las imágenes impresas? Son pocos los escritores dispuestos a cruzar esta línea porque las palabras, en su maridaje con cualquier forma visual, física, de representación figurativista, corren el riesgo de desacralizarse en tanto que tienen que compartir responsabilidades y protagonismo con otra realidad expresiva. Curiosamente, Relación de seres imprescindibles se fue componiendo poco a poco, a la vez que mi tesis doctoral. Se convirtió, pues, en un ejercicio de relajación, si no de purificación, alternativo a la instrucción académica y sus convenciones o tics estilísticos. De paso que bruñía las armas de erudito, disfrutaba las ventajas de andar descalzo sobre las palabras cosquillosas y frescas como ramas de helecho.

— Es fundador y director de uno de los proyectos, a mi juicio, más logrados y constantes en los últimos tiempos en Canarias. Hablo de La fábrica, Háganos un recorrido por su existencia.

— Tal como se indica en su cabecera, La fábrica es una Miscelánea de arte y literatura, y por tanto asume la complejidad de una época marcada por el eclecticismo, la caída de muros y la convivencia de mil y unas voces y estilos. No irrumpe con sesgo rupturista, ni pretende abrir brechas entre generaciones, ni levanta peanas para ningún pope, ni siquiera trae un mísero decálogo autodegradable. Muchas revistas literarias del siglo XX nacían, casi por definición, con planteamientos dogmatizadores y belicistas para abrirse un hueco en la maraña historiográfica de efemérides que tanto apasionan a las cucarachas de biblioteca y a los poetas que aspiran a aparecer retratados en los libros de texto de Enseñanzas Medias. Era una prolongación de las altas empresas de catecumenado, que busca siervos y gloria eterna clavando picas, cuando no del ideal revolucionario de quienes quieren darle la vuelta a todo con una nueva reglamentación estética que no admite discusiones. La fábrica, en cambio, discurre bajo el signo de Libra: aun a riesgo de incomodar —lo que no deseamos— a algún que otro monaguillo anatematizador, a conciencia y sin aspavientos convocamos a tirios y troyanos, y no para conciliar sus criterios sino para dejar constancia de la variedad de propuestas más o menos válidas. Es otra forma de contar la evolución del mundo: reuniendo a escritores y artistas de todas las especies en un arca de papel antes de que la lluvia de los futuros inviernos se lo lleve todo por delante. Sin perder el rigor selectivo, sorprendentemente La fábrica sobrevive en su sobria línea de publicación humilde que acaso cae bien a casi todo el mundo por eso mismo: por humilde. Si hay algún detractor, extremo que de momento no conozco ni me importa, supongo que se incomodará con el tropel de nuestra oferta y con el hecho de que no enarbolemos ninguna bandera concreta. Pero, la verdad, eso de las banderas maniqueístas y las conjuras de valientes y los conjuros de alquimistas aferrados a su piedra filosofal…, como que no va con mi carácter ni con mis aprensiones de individuo que duda de todo y a todas horas. De cualquier modo, La fábrica ha llegado tanto al público de Canarias como de la Península con el firme propósito de dar a conocer toda la diversidad de voces que se dejan escuchar en las Islas. Poco a poco hemos abierto un canal proyector para muchos escritores y artistas jóvenes, sobre todo para los que trabajan sometidos a la presión geofísica de la insularidad. Sólo con ese logro se justifica el esfuerzo hecho.

Qué planes futuros tiene?

—Sigo escribiendo, a paso lento, en consonancia con el ritmo vital que nos caracteriza a los naturales de La Palma. Tengo germinados un libro de relatos y otro de poemas, e incluso un guión de cortometraje para Nicolás Melini, quien además de escritor es cineasta. Y ahora mismo me enfrento, por enésima vez, con el vértigo de lo que está aún por llegar, que quizá sea una serie de cuentos breves. Ya veremos. Mientras tanto, aún busco una institución pública dispuesta a publicar mi tesis doctoral, que revisa y recopila la obra del poeta y ensayista tinerfeño Ramón Feria (por desgracia, desde hace años el área de cultura del Cabildo de Tenerife muestra una indiferencia absoluta ante el rescate de una figura de tanto interés). Aparte de esto, para mí quizá lo más apasionante de los últimos meses sea una dedicación vespertina por la pintura como prolongación y complemento de la escritura. Acabo de exponer en Santa Cruz de La Palma, lo que me libera para siempre del pudor inicial y del miedo a los ojos ajenos. Sin renunciar a la tenacidad del escritor que no puede vivir profesionalmente de lo que escribe, es hora de asumir la condición de “artista”, sea dicho con las comillas bien altas, fascinado por el misterio que envuelve la verdad.




David Sanz (Diario de Avisos, 20 de junio de 2004, p. 27).

El escritor nos recibe en su rincón de trabajo. La parte baja de una preciosa vivienda del siglo XVII que conserva el sabor de lo antiguo y sirve de refugio para el artista. La literatura, oficio con el que Anelio Rodríguez acaba de obtener el premio nacional Tiflos por su libro de relatos El perro y los demás, pero también la pintura, la música y el cine llenan y dan sentido a este espacio (¿quizá también a su vida?). En las estanterías, repletas de volúmenes de lo mejor de la literatura universal, fotografías de amigos y familiares impiden pensar que se trata de la guarida de un lobo solitario ajeno a los otros. Más bien un taller, donde el artista, que se asoma a todas formas de crear belleza, convierte la vida en lenguaje.

Un nuevo libro de relatos de ficción después de mucho tiempo sin publicar ninguno.

— Llevo unos años trabajando despacio y midiendo bien los pasos.

¿Tiene un hilo conductor?

— Los cinco relatos tienen unidad de estilo. Con una prosa desnuda, que busca la máxima sencillez, despojada de artificios. Lo que los une es el estilo.

¿Cuál es su fuente de inspiración?

— No son cuentos fantásticos. Tienen un punto intimista y están inspirados en el mundo de los real y lo cotidiano.

Persigue un lenguaje sencillo, pero sus relatos no tienen una conclusión convencional, lo que los hace más complejos y modernos.

— La propia dinámica de estos cuentos exige unos finales sobrios. Escribir un relato es como tejer un tapiz. Lo vas componiendo despacio, punto por punto, de tal modo que el lenguaje adquiere un valor tan capital como el propio tema. Para que un cuento funcione, tienen que interrelacionarse el proceso formal y el esquema de fondo. Primero hice el relato “El perro” y unos meses después decidí escribir otro siguiendo el mismo tono, la misma textura. La idea te impone un estilo y, a la larga, el estilo afecta a los contenidos.

¿Esta sobriedad viene de su concepción del ser humano o de la vida?

— No creo que mi vida sea como la prosa de estos cuentos.

¿Y como la vida que ve fuera?

— En parte.

¿Qué referentes tiene su literatura?

— Mis primeros libros de cuentos asumen la modalidad dialectal canaria como un elemento creativo básico. Ese registro exigía una trama digamos más anecdótica. Aquellos eran mis primeros textos en prosa. No reniego de ellos, desde luego, pero ahora me planteo otro tipo de cuestiones.

Entonces su escritura se ha vuelto más universal.

— Menos sumisa a los referentes locales. Aunque no conviene olvidar que en lo particular reside lo universal.

¿Y sus referentes vitales?

— En mi escritura es tan importante la literatura como la música, la pintura o el cine.

¿A qué responde su entrada en la prosa desde el relato breve?

— Me gano la vida como profesor de Literatura y, por tanto, la dedicación a la escritura no es tan plena como desearía. El cuento permite trabajar en las horas libres. La disponibilidad es fundamental. Ahora bien, no se trata sólo de eso: este género me gusta mucho, cada vez más. De momento, la novela no me interesa más que como lector.

Ha escrito cosas muy diversas. ¿Cree que hay una línea coherente en su producción?

— Cada libro tiene su propio código y su propia unidad. Cada una de las obras pretende ser compacta y funcionar como un todo, sin desniveles ni fisuras. Exista o no una línea creativa que los recorra y les dé coherencia en su conjunto, con tal de que mantengan vida propia una por una, vale la pena el esfuerzo. De todas formas, supongo que persiste alguna clase de parentesco entre mis libros, sean de poesía o de narrativa. Ese parentesco tendrá algo que ver con una percepción personal del mundo.

¿De qué modo entronca la literatura con sus otras dedicaciones artísticas, como la música y la pintura?

— La música y la pintura me relajan, pero la escritura me tensa como una cuerda de guitarra.

¿Lo tienen muy difícil los escritores canarios para abrirse un hueco?

— Ahora mismo hay una serie de problemas ajenos al proceso de escritura, que tienen que ver con la edición y la distribución. No es fácil llevar una aventura literaria en Canarias. Por otro lado, la lejanía de la capital nos puede afectar. Pero esto no debe desanimarnos ni empañar nuestra labor. En cualquier parte del mundo irrumpe el reto de sacar de la nada una historia. Cuando me siento a escribir, no pienso en la difusión del libro. De jovencito me preocupaban los laureles, porque necesitabas reafirmarte en muchas cosas en la vida. Ahora, con cuarenta años, sólo me preocupa crecer como escritor.

Una cosa son esos laureles de los que habla, pero el reconocimiento… Quien escribe quiere contar su verdad a los otros.

— Eso sí. Pero yo me refiero al hecho de salir en la foto. Esta preocupación en mi caso no existe. Llevo diez años haciendo una revista de arte y literatura y he visto tantas y tan diversas cosas que me han hecho ser cauto y comprender dónde está lo importante, entre comillas, y dónde lo esencial. Me preocupa que la obra se lea, claro, pero no me obsesiona la gloria.

No le da la sensación de que la cultura en Canarias vive demasiado de la subvención?

— Canarias ha sufrido un estado casi permanente de depresión. Durante mucho tiempo. Las Islas constituyen un territorio especial, frágil, que necesita mucho del exterior. Con la llegada de la democracia encontramos la necesidad de reafirmarnos como pueblo y espacio al mismo tiempo. Es lógico que el Gobierno Autónomo actuara en un principio como un mecenas, pero hoy por hoy conviene aprender a soltarse el pelo. Estamos en fase de transición hacia una etapa de mayor independencia para los agentes culturales. Tiempo al tiempo.

 

 
   
Anelio R. C., Horizonte (2002)