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Fragmentos de Poemas de la guagua

LAS CARAS (1)

[…]

III.

El hombre observador junto a la puerta
de atrás no puede ser otro que Pedrito López,
el hijo de López el de los grandes almacenes;
es ya todo un funcionario,
pero antesdeayer se le estropeó el radiador
en Tomé Cano, y, mira, guagua que te pego.
No quita los ojos de encima de una joven
que está justo frente a él.
Tiene un calor espantoso.
Y con razón. Con corbata cualquiera
suda así a la una y cuarto.
La mujer en cuestión tiene veintitrés años
y unas líneas preciosas
y unos ojos debajo de esas dos cejas
debajo de esas dos cejas qué bonitos ojos tiene,
y se da cuenta de que ese curioso, salido,
no deja de mirarla, que parece que la toca,
y él se lo pierde, eso, que sude, que sude,
si Mario estuviera con ella le iba a enseñar
los dientes, y que luego mirara,
que a su piba la dejan tranquila
o a ver qué es lo que pasa aquí.



ERA UNA TARDE pobre
en la que se hizo ópalo
el lunar de tu cuello.
Y tú, una ciruela tan madura,
que te picotearon todos los pájaros.
Y cuando partiste
y yo partí el cielo en dos,
y la calle era una feria
de anuncios y guaguas gestantes,
se hizo una noche rica.
Así de sencillo.



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Poemas de Poma

TU VOZ TRAE animales grises, acorralados, grises, rojos. De agua. Tu voz más tuya que voz y más mía, y voz por encima de la noche que se nos viene. Si las esferas se abren detrás del meridiano, si los atlas se quiebran justo por donde las islas. Si llueve una lluvia de tres besos. Delátame al suicida en las azoteas que se lanza. Se pierde. El silbo de las ballenas. Alcánzame el alma del muslo al cuello aplacado. Alcánzame de una vez. La manzana aguarda sobre mi cabeza. Tu voz aunque volcán. Y que caiga del árbol la fruta amarilla como esta noche que se nos viene. Y dijo Dios, y aparecimos de tierra, con la leche al hombro, con las jirafas y las cataratas asesinas, con el niño que se nos mea en los ojos desde una casa de cartones, con el dinosaurio azul de invierno, y aparecimos inmunes los dos, pero no. Tu voz de ciruela. Y dame todo, todo. La sombra del drago. El drago. Que no se apaguen las ciudades hasta que llueva una lluvia de un beso más largo y más, que ya no es beso. Tu voz de ciruela.
De pronto
la luz es un solo tiro que nos cruza.
El mundo se va en espiral por el desagüe
y no volvería si no fuera porque te quiero.



HABÍA UNA VEZ un muchacho que besó a Martina con la rodilla en tierra y besaba al ser la aurora tras los barcos vapores, no porque fuera la aurora sino porque una cosa contenía a la otra, de tal modo que siempre que amanecía, el muchacho besaba, y también a la inversa. Entonces la habitación, la almohada, se teñía con una tristeza tan profunda como un aljibe sin llave lleno de agua sangrosa, de intensas almohadas. Había una vez una casa de pájaros. El muchacho ponía las yemas en Martina, por el talle de senos desbordándose, buscando su delta: las yemas eran el beso y la aurora, y al revés. Besó, las ramas se fueron directas a la casa, la tormenta, el canal, la última de las estaciones, y todo esto fue una vez. Y dos veces. Y todas las veces que besara con la rodilla en tierra y sin la rodilla en tierra.


CAPÍTULO VEINTICINCO. DE cómo la muchacha cae a la pasión o de cómo la muchacha se alza con la pasión y convierte la noche en un abrazo grande y grande. No hay cañaverales por medio pero hay una brisa de cañas que se aman y se empujan. La ropa es azul clara y limpia, la boca es limpia boca de atarjea, el hombro de uno no es sino entre las hojas de álamo que el otro lleva en sus labios. No hay palabras. Hay amenaza de cortas tempestades en julio y el pararrayos afila la penúltima luna turca. Hay una palabra, una sola. Capítulo veintiséis. ¾No me dejes. Y no lo imploro, que es una orden, porque me quiero y ya sólo importa tu camisa abierta y el rompiente que nace al abrirse. El cielo se quedó de pronto preso en un espejo, y en el cielo hay un rostro repitiéndose desde allí hasta el supremo diástole de la caricia y del suave arañazo irremisible.



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Poemas de La ciudad se rompe y se levanta

RUMOR

Mientras en las afueras de la ciudad una nube trampa de bajas aguas moldea la mañana, su carne de vaca echada a la sombra, aquí adentro de las aceras comienza un rumor de emergencias y tropas sin misión que llevan alegre el paso no sé adónde ni sé qué pretenden.

ESCENAS DE NIÑOS

Cuando la hora está en punto, al salir de los colegios siempre hay una plaza grande y cuadrada, sin fuente ya, con un grueso árbol por cada lado, un árbol podado y violeta, sin pájaros ya, a donde nos subíamos para ver el horizonte, que yacía lejos, detrás de todo, o delante, la verdad es que nunca lo supe.

ESCENAS DE AMOR

Creo que fue al atardecer. Fue en tu piel ginebra. Ya sabes, escollamos frente a frente, pierna a pierna, brazo a brazo, luego nos susurramos al oído esas tontas cosas que todos se susurran al oído después de escollar frente a frente, pierna a pierna, brazo a brazo, ya sabes, luego abrimos la ventana, y afuera la gente paseaba de mano diciéndose hola.

DE PRONTO

De pronto las pendientes de la ciudad se rompen por el centro como un borracho escalinatas abajo. Es un hombre ya sin edad que araña una canción recortada. Se hace de noche: todas las pendientes aguardan a los últimos borrachos que cantan y no suben. Ni bajan. De pronto las carreteras se desunen y enlazan con grandes nudos que confunden el sentido y las direcciones prohibidas, mientras la incertidumbre nos va mellando en la oscuridad.



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Poema de Vigilias

SUEÑO

Mi padre solía soñar que volaba
sobre las casas y los bosques,
y yo ahora suelo soñar que vuela
y vuela a cada instante,
con su batín de cuadros,
ah,
su bonhomía,
su diabetes,
papá,
ven,
lo llamo,
sueña que lo sueño
y sonríe
sobre la almohada doblada,
sobre las casas,
mi padre,
ven,
sobre los bosques,
a la luz de una bombilla lee, página
tras página, hora
tras hora, lee
El rayo verde, lee
El coronel no tiene quien le escriba,
las Memorias de Chaplin,
qué sé yo,
y le paso la hoja,
y huelo su almohada,
qué prodigio,
nada huele tan bien como su almohada,
nada en el mundo.